Aun callado cuanto dibujo hacia sin que nadie notara, su madre pegaba aquello a lo que llamaba arte en la puerta de la heladera.
Amante del papel domador del carbón que con la tonada de su respiración a la cual seguía sin encontrarle sentido trazaba planos rectas y puntos infinitos lo cuales al unirse creaban una puerta de carbón y tinta.
Prominente le decían los otros a su actitud la cual conforme los años pasaron que muchos no fueron, pero según su motivo aquel silencio atrevido narraba historias en sus oídos de un niño que leía entre líneas, rayones hechos entre carbón y tinta, que con dificultad se adherían al papel y constantemente se humedecía entre cada llanto que por día en silencio como tributo al consuelo hacía.
En el recreo el comento sobre sus rayones, esos dibujos de carbón, y entre su narración alguna que otra risa se salía de lugar dejando a exposición la vergüenza que sentía por decir que su amigo el cual sin escucharlo le narraba historias de un chico que leía entre líneas, entre prosa y melancolía.
A pesar de haber inventado esa historia para contar lo que sentía nadie leyó entre sus líneas.

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